martes, 2 de noviembre de 2010

Te interpreto

Si guardo tu rostro de los vendavales es para protegerme a mí mismo.

Una voz aullando en medio de un coro de solistas.

El silencio no es mueca.

Y la sonrisa no se contagia como el bostezo.

La mueca de una sonrisa aullante es voz que rompe el silencio de un bostezo.

Si se imita, te protejo para protegerme a mí mismo.

Y si queda algo para guardar, que sea un vendaval.

Tu rostro es un coro de solistas.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Parentesis

Preso de una inmovilidad asfixiante, queda apenas un rastro de inercia a punto de ser vencida, momentum rígido y peso muerto, un par de horas para el sosiego, disfruté cada segundo hasta hace media hora atrás, en un lapso de frío y de lluvias que jamás terminaron en diluvios.

En medio de otro amanecer irrespirable, me doy cuenta que solo fui sed, un pedazo de tierra seca e infértil, esterilizada por las sales del fracaso y ni el estiércol de unas huérfanas letras y espacios rompería la roca en su aridez. Roca sólida que no sirve ni siquiera como sepulcro.

No me queda otra brisa en la tarde, o un poco de fe o de miedo para retener el aliento, ni siquiera un silencio para guardar.

Si ya no hay nada cerca, el horizonte es un espacio infinito.

En el vacío no hay distancias.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Invierno

Te azotan las ventiscas de la ausencia.
Pero aunque no pueda cubrir tus manos con las mías siempre te quedas con todo lo que te puedo dejar.
Te debo mucho más que eso.
Te dejaría mi piel, así, cuando no estoy, quizás podrías volver a ver las cicatrices que conservo como huellas del tiempo, quemaduras del último estío y las marcas de tus propias manos, aunque se cubriera de cristales tu vista. Recordarías que basta un pálido sol para disipar la niebla o derretir el suspiro sólido del temor.
No pensarías que estamos atrapados en una sucesión inerte de días claros y grises, sino que hubo un génesis con un primer rayo de luz marcando una única silueta. Un amanecer repitiéndose cada vez que vuelvo a buscar mi piel.
Repitiéndose infinitamente, pues son eternos los ciclos de las estaciones.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Dueto

Sí, quisiera ser más que una tarjeta gris en un mazo de colores, quitándome así la facilidad con la que el miedo proyecta sus sombras sobre mí.

“Pedazos esparcidos en las paredes del túnel, esfínteres volcados, derramados, sobre el piso de asfalto, chirriando grasas y jugos humanos…”

Para apagar por cinco segundos las luces, inyectándome los residuos tóxicos de una espantosa resaca, en las venas.

“…y las moscas posándose sobre esa tibia sábana de nylon…”

Sin tocar siquiera con el aliento la cobertura áspera de las cicatrices

“…sin tocar siquiera con el aliento la cobertura áspera de las cicatrices…”

vuelvo a soñar el espanto si abro los ojos.

“…manteniendo el resuello, entibia la boca o enfría el aire a tu alrededor. Mantén el resuello…”

Esa terca fe pesa más que diez mundos.

Desde lejos

Te veo de pie junto al mirador, fumando. Vistes ligero para el frío que hace, aunque el invierno ya se ha ido. Cargas una mochila que imagino tiene solo lo necesario, más cigarrillos, nunca son suficientes, un par de botellas, quizás un chaleco. Miras el cielo rojizo mientras la luz va envolviéndote, suspiras y miras tus pies, pareces cansado.
De pronto alguien llega, no se quien es. Te saluda con un abrazo. Alcanzo a notar que hay una cierta distancia entres ustedes, como si nunca antes se hubiesen visto. Pero parecen conocerse muy bien.
-No pensé que fuese así-dice él.
-Yo creo que no esperabas que cumpliese mi palabra.
-No lo se, no creo en palabras ni juramentos. No en eso por cierto. Pero imaginaba otra cosa, quizás.
Escribiendo quizás. Escribiendo a propósito algo que sabes será inconcluso, anticipando una abrupta interrupción. En medio de una frase, en medio de una palabra, repitiendo la misma letra infinitamente.
-Podría ser así aun.
-Claro, se supone que vienes a despedirte. Y las despedidas no tienen medida aún.
-Tienen medida, pero las desconoces.
-No incierta, sino desconocida. Me parece bien.
Te apoyas en la baranda y miras con ansias hacia abajo. Quizás buscas algo con la mirada, quizás buscas a alguien con la mirada. Quizás solo mides el vacío. Quizás calculas si los segundos alcanzaran para pronunciar mi nombre. Quizás simplemente le ocultas tu temor.
-Sería un solo golpe, me imagino.
-Bebamos, yo creo que eso te ayudará.
-Ya no puedo beber sin llorar.
-¿O no puedes llorar sin beber?
Yo lloro y bebo por ti, a tu salud mientras te espero.
-Quizás más allá solo hay vacío.
-La pregunta es si acá quizás hay de lo mismo.
Buscas con tu mano algo colgando en tu cuello. Lo encuentras. Lo aprietas con firmeza. Siento otra vez tu piel acariciándome.
-¿Qué vas a decir de mi?
-Que te fuiste a dar un paseo, dejando una frase a medio decir.
-¿Cuál?

lunes, 30 de agosto de 2010

Sentidos

Me quita la voz la sal en mi garganta cuando me ruegas que de entre las nubes se asome el primer rayo de sol. Y ya no veo sino manchas, sombras, detrás de las vendas puestas sobre mis ojos. Mi piel se adormece sin otro contacto que las frías sábanas. Y sin otro aroma más que el de la niebla después de un ocaso interrumpido, cada palpitar hace tanto eco que ya no puedo oír nada más. Tanta desolación merece mis pensamientos vacíos, y ya nada llena las ansias, ya nada calma el hambre ni la sed, no queda siquiera la fe para derramar su paz de ensueños sobre mis fatigas. Pero dejaría de ser antes de abandonar lo último que me queda. El lento fluir de mi sangre no tiene ningún otro fin. No me pidas que comprenda.

martes, 1 de junio de 2010

Invernal

En medio de un frío seco, quieto, testigo mudo, arropo entre mis mantas el eco de tu voz llamándome entre el ruido eterno y glacial, esperando quizás la tenue nota que necesito para dejar caer mi insomne anhelo de tu aliento rescatándome y regalándome por fin, el silencio.
Y si tibia resulta ser al fin la espera, es porque las horas van inundándose de tu aroma antes incluso de que aparezcas, como si germinasen las semillas que dejaste la ultima vez aquí, donde todo fue siempre estéril, y de entre frágiles brotes emergieran los rojos y violetas desparramando la primavera que me acaricia cuando veo tu rostro sonriente.
Mañana tu cálida presencia derretirá el hielo crujiente del vacío, y evaporará el rocío de tu ausencia hasta llenar el cielo sobre nosotros con nubes blancas, y el agua pura de la lluvia que caerá sobre este suelo dedicado a tu sagrada existencia, me recordará la que vertiste en mi regazo regalándome la vida. Porque era dulce cada gota como el eco de tu voz susurrándome.

sábado, 22 de mayo de 2010

Marea baja

Detrás de las colinas hay ciclos. Círculos de tiempo regurgitándose, remasticándose, rumiándose.
Pero en la mar no hay ciclos, una única línea azul dividiendo el vacío de la muerte.
Hasta los bordes. Hasta el borde.
En las orillas húmedas no podían contenerse la niebla ni las arenas inquietas.
Un millón de susurros a gritos, tanto silencio contenido y de pronto un haz de luz quebrándose en mil pedazos, una caricia tibia en medio de la mañana. No habían, no habrán, más tardes ni más noches. No quedarán restos de hogueras, recuerdos de las danzas onduleantes de la hipcresía incandescente, chispas mendigantes lamiendo la carne estéril, combustible fatuo, prendiéndose chirreante y supurante, náuseas y escalofríos, una mueca contraída, la misma seña repetida.
Una luna invisible manteniendome en pie.
Una luna invisible, quizá imaginaria, derrumbándome.
Una luna invisible, quizá opaca.
Fuerza irresistible, ahí está lo evidente, y la evidencia explicitándose, es tan sutil y tenue el intento inútil de cerrar los ojos. Gravedad y sueño de corrientes arrastrándome.
No somos más líquidos porque no hay más materia de la cual sostenernos.
Pero, si a contraluz sostenías mi mirada hacía demasiado frío para que me percatara.
Y no se renuevan las esperanzas con la marea alta.
No se levantan mis sueños, se hunden en un mar sin ciclos.
Marea baja.

viernes, 16 de abril de 2010

Tormenta

Sí. Se deslizaban los tiempos y los aires entre el oleaje, mientras el cráneo crujía haciendo ecos de los mástiles. Y se allanaban las pausas hasta convertir todo el silencio en una masa informe, húmeda, acumulándose rápidamente entre las tablas. Cabellos y nubes como espigas en la noche. Y había una hoz de miedo, de pánico, vientos norte y sur azotando mi frente somnolienta y marchita. Sí. Habían dedos largos y fríos a mi espalda, queriendo acariciar y lacerar, queriendo silenciar mis ojos. Y de otras latitudes me llegó un ulular lastimero, impotente, estéril, media sonrisa bastó para guardar todo eso en un ataud bajo mis lejanas tierras, y ni siquiera alcancé a terminar la primera frase de una plegaria. No pudo la lluvia alcanzarme. Hasta un poco después.
Sí. En una barca frágil me enfrenté a la tempestad y las alucinaciones invernales me llevaron hasta los abismos y las estrellas. Se partía la piel congelándose en paciencias, en calmas, y no había nada de que asirse para no naufragar. Sí. En esos mares de la debil luz me guió hasta encontrar el sosiego, y las iras como torbellinos me alejaban de las costas.
Sí. De pie en un débil madero, que como un vestigio ruinoso de otras épicas se mantiene en su porfía a flote, lleno mis pulmones de humos y cenizas antes de saltar.
Sí. Aunque no sepa nadar.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Razones

Si me impidiera la lobreguez de una duda recuperar la plenitud de los vacíos sabría que es momento de acariciar la espesura del silencio, y entregarme a ser faenado.
Pero me libran del inútil afán una sonrisa o la sutileza de una ausencia.
Por eso se aquietan los temblores de mis manos sosteniéndome.
Por eso espero sin calma que vuelvas.

Otros tiempos

Tarde para nacer de nuevo.
Tarde para recuperar el aliento
perdido en antiguas noches,
frías.
Tarde para olvidar el sabor luctuoso de la ignorancia.

Leche y miel.

Y
si se puede olvidar
la silueta de tu carne exudando mares
y aroma a cielos grises
mirando otra boca
escapando de otras melancolías,
labios reprimiendo la ira
y el deceso de improbables juramentos que hieden ironía,
no
se asombraría mi paladar una vez más
entre los dulzores y la agonía
confundida.

Leche y miel
sedimentos de otras pieles.

Arritmia

Intenté arroparme entre los juncos
humedales tibios me dieron la espalda.

Entre certezas asimétricas se deslizó una rutina
cruel.

Agazapado entre murmullos banales
te espiaba en medio de tu indiferencia
(pero había tenue luz).

Enumeré artiméticamente todas las trampas
y los solsticios de a pares.

Y había impares compases de silencios y de esperas
entre la música tribal que me rodeaba.

Intenté cobijarme entre los surcos de tu piel arada
respirando el polvo estéril de una memoria ajada.

Entre mentiras simétricas emergió una verdad
vejada.

La sombra proyectó espacios navegables
vibrante, vibrante,
ruido galopante.
Giros de sol persiguiéndote.

Habité en la sal deslizándose
con monotonía de verso anhelante.
Ansiedad de pausa
paciencia de los débiles.

No me digas que el nudo abandonaría el ojal,
ni que el ritmo secreto de tus párpados contenía métrica,
ni que de las entrañas había salida,
ni siquiera
que la sangre lacerante era una caricia.

No me digas que me ponga de pie en el lodazal
para que respire.

Me dejé caer antes de que se resquebrajase mi lecho.
Quizás para aprender a dormir sin sed ni hambre
siempre huyendo del tiempo antes del amanecer.

domingo, 10 de enero de 2010

Porque recuerdo

Recuperando en el aliento un tibio recuerdo, con los ojos cerrados, mientras el viento arremolina tu aroma sobre mis párpados, había tan poco espacio entre los sepulcros, y me figuraba un triste testigo solitario de los tuyos; no había angustia sino reposo después del canto, contrito como un réquiem alcoholizado; la resaca era más olvido, falso, una sonrisa silenciosa después de un adiós perfectamente ignorado.
No hay razón para impedir que el paso que una vez advertí se convierta en franca caída, y menos aún que una soga me atrape el cuello, así, sostenido en el aire permanecería, onduleante, despierto. Hace mucho mi cuerpo golpeó el suelo y sigo aquí, esperando.
Con la certeza de la derrota no amainó el ímpetu ciego que guió cada palabra, cada acto y vendería mi alma otra vez, cada vez, como la primera vez, citando los mismos versos. Detrás de las cortinas no había secreto, te susurré también y me respondiste desde tu sueño tan levemente, tan sutilmente, que solo pude creerte en los míos.
Y te quedaste ahí.
Y te miro con los ojos cerrados y con los ojos abiertos.

lunes, 4 de enero de 2010

Océano

Me desespera la melancolía de tu silueta a contraluz en el ocaso, el misterio de tus suspiros contenidos, mientras un manto de tintas va cercándome, y aún así no quiero acercarme demasiado y prefiero esperar quieto, inmóvil, como un navío varado en tu orilla, mientras el oleaje va erosionando capa por capa mi piel de hierro.
Mientras el viento me de la razón azotando mi rostro, gritándome en los oídos cada sutil verdad ignorada, un leve gesto servirá de consuelo hasta que el sol ya no salga.
La memoria es mi testigo, girando en los cielos es más eterna que la débil persistencia del miedo. Sin embargo, cada estrella se refleja en el mar. Y sigues lanzando rocas por un acantilado, o buscando en las profundidades abisales un poco de luz tenue que guíe tus pasos de presa, hacia las mandíbulas del tiempo. Cada movimiento perturba la superficie deformando el espejo pero la quietud algún día volverá todo a su estado de apacible naturalidad y aunque ya no sea nada más que un frágil esqueleto de lo que alguna vez fui, o ya me haya deshecho fundiéndome con las aguas, aunque el rastro de mi existencia ya ni siquiera se pueda rastrear como una huella a punto de extinguirse, aún así seguiré ahí, esperando descubrir otra vez, cada vez, como la primera vez, el secreto que me insinúas en silencio.